Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el foso.

Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte.

Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo todo.

El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.

—Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados por los carlistas. ¡A muerte los presos!

Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos. Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a sablazos y a cuchilladas.

La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y dejando por todas partes huellas de sangre.

Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un niño de pecho, gritando:

—Tened piedad de mi hijo.