—Dámelo—gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada.
Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un corredor, gritó con desesperación:
—Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.
Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la abrieron a tiros y a culatazos.
O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.
Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando, corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre comenzaba a bajar.
XXIII.
FURINALIA
De pronto, Elena se acercó a mí y me dijo: