—Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.

La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.

La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo:

—Estos son presos carlistas.

Elena gritó con voz aguda:

—No; han entrado en la Ciudadela conmigo.

—Es verdad—afirmé yo—; y acababa de decir esto cuando aparecieron en el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.

Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las profundidades del Averno.

Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.

—¡La jettatura! ¡La jettatura!—repitió varias veces Moro-Rinaldi, pálido de terror.