El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.

Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo. Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela.

—¡Si pudiera usted recoger su cadáver!—me dijo.

No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro. Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de mujeres y de moribundos.

Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo; debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a Elena en su cuarto y salí a la calle.

Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente eché a andar.

Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba:

—¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!

Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor de una hoguera.

—¿Qué hay, qué pasa?