Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas.

Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado, los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella fúnebre pira.

En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido.

Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e inmediatamente degollados por la turba feroz.

En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena, y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus camas y fusilados en la calle.

En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los almogávares en los pueblos de Oriente.

Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.


XXIV.
AL DÍA SIGUIENTE