XXV.
EPÍLOGO

Unos días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.

Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué decirla.

Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.

De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto. Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones, galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela. Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza.

Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona. Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera, porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos vivir allí cómodamente y sin apuros.

No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la Cadena.

Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad inusitada.