El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas, perezosas, a la angosta playa.

Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz aguda:

A las chicas de este pueblo

las tengo que regalar

unas tijeritas de oro

para aprender a bordar.

Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...

Al día siguiente era la marcha.

Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.