Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.
Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la Batalla de Lepanto, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío, hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al fuego.
Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una carta dándome noticias.
Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se acercó al confesonario del canónigo Roquebruna.
—Don Guillermo.
—¿Qué hay, hijo mío?
—Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.
—Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta lo que has hecho.
El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:
—Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie.