Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime:

—Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista.

Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como alférez.

De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la Cadena.

Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba guapísima.

Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo.

Itzea, junio, 1921.


LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA
SEGÚN AVIRANETA