Había leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo:

—Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin adornos.

—A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.

—¿Cómo que no?

—Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado injustamente.

—Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío. Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo.

—Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.

—¿Esa es tu opinión?

—Sí.

—No es la mía.