—Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.
—Habrás leído mi folleto Mina y los proscritos.
—Sí.
—No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.
—¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted?
—En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan claros.
EN ZARAGOZA
El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado Lo que debería ser el Estatuto Real o derecho público de los españoles, en la imprenta de Ramón León.
El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que dirigíamos los de la Sociedad Isabelina.
Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos como por la fuerza militar.