Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes desvelos de los isabelinos.

Mis planes—seguía diciendo después—nunca se dirigieron al establecimiento de una república en España. Republicano por principios, estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades.

—¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar!

—Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio capital de nuestra época. Sigo adelante.

Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores, dignos del presidio.

Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al conde de Toreno.

Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme.

En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí.

«EL CONSABIDO»