Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros. Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos de Madrid y de provincias.

—¿Era usted todavía hombre influyente?

—Sí, ya lo creo. Estaba en auge.

A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra contestaba a mis cartas firmando: El Consabido.

Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el ejército.

Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión, y me contestó que a Barcelona.

Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer, probablemente, allí cosa de provecho.

Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho.

MENDIZÁBAL