—Mendizábal—siguió diciendo Aviraneta—hablaba de una manera muy premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí.
Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que, en su consecuencia, se sobreseyese.
A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me aseguró que sobreseería la causa.
Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban, atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar aquellas maquinaciones y auxiliar al general.
—¿Está usted en buenas relaciones con Mina?—me preguntó Mendizábal.
—Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí.
—Mina hace un gran papel en Cataluña—añadió don Juan—; es muy querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna; cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.
—Pues, nada, iré a Barcelona.
—Bien. Yo le daré a usted una carta.
La carta que me dió Mendizábal decía así: