El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días la llegada del Balear, un vapor con la tripulación catalana, y el 24 del mismo mes me embarqué para Barcelona.
EN VALENCIA
En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada, seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo.
Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno de un autor francés, Defaucompret, titulado Masanielo u ocho días en Nápoles, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe napolitano, pero no encontré mas que éste.
Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la capital del principado.
BARCELONA
—¿Existía de veras tanta inferioridad?
—Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin abnegación.
Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé hospedado.
Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía; su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto me dió muy mala espina.