Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más enconada y personalista.
POLÍTICOS BARCELONESES
Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos, muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe.
Entre los liberales la confusión era grande, y los diversos grupos se miraban, en su mayoría, con hostilidad. Primeramente había un grupo de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes negocios. Parte de estos plutócratas eran masones, amigos del banquero Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en quien tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder como un traidor y le había dado el sobrenombre de «Meteoro».
Después venían los exaltados, entre los cuales los había de varias clases; unos eran localistas y no querían ocuparse mas que de lo que ocurría en Cataluña; otros, nacionales.
Los localistas rechazaban la colaboración de los liberales de Madrid y del resto de España, y llevaban una política suya exclusivamente catalana.
Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado una confederación liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tenía un carácter marcadamente regionalista.
El gran defecto de esta confederación era el ser neutra y poco activa y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la región próximos a Barcelona.
Entre los liberales nacionales había algunos de tendencias moderadas, y otros más progresistas; estos últimos se podían clasificar en dos grupos: los isabelinos, que defendían la idea liberal sin considerarla adscrita a un hombre, y los partidarios acérrimos de Mendizábal, que no querían ver nada posible en política sin su jefe.