—¿Sí?
—Sí. Un tal Iriberri, capitán de barco, me dijo dónde debía usted de estar.
—Iriberri, Francisco Iriberri, que mandaba el Fénix, un barco negrero… Sí, lo recuerdo… Dejemos eso, si quieres… He sido un hombre desgraciado, no criminal; puedes creerlo. Ligero, imprudente, violento; pero no malo. Antes de que se me nuble la inteligencia por completo, tengo que hacerte dos encargos: uno, que entregues este sobre a Juan Machín, el minero. Entrégaselo un año después de mi muerte, o antes, si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro. El otro encargo es que protejas en lo que puedas a mi hija, que va a quedar desamparada. ¿Has comprendido?
—Sí.
—¿Tienes inconveniente en jurar que cumplirás mis encargos?
—Ninguno.
—Pues bien. ¿Juras que reconocerás como pariente a mi hija María de Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecerás con todos tus medios?
—Sí, lo juro.
—¿Juras que entregarás esta carta a Juan Machín, el minero, dentro de un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?
—Lo juro.