El capitán, después de tomar el café, pareció reanimarse; me miró con atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente:
—Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el que desapareció.
—¡Usted es Juan de Aguirre!
—Sí.
—¿Mi tío?
—El mismo.
—¡Y por qué no habérmelo dicho antes!
El viejo me miró con cierta sorpresa. Sin duda no esperaba mi pregunta, ni mi rápido asentimiento a sus palabras. Luego, dijo:
—Creí que tu madre y tú me hubierais considerado como un impostor.... Mi estado civil no está claro, no podría fácilmente identificar mi personalidad.
—¿Y qué?