A eso de la media noche sonaron dos golpes fortísimos en la puerta.

—¿Quién va?—dijo el piloto.

—Yo—contestó Silva el portugués.

—¿Qué queréis?

—Han matado al capitán. ¡Rendíos! No se os hará nada.

—Entregaos vosotros antes—contestó Tristán.

En este momento, alguien metió el cañón de la pistola por un ventanillo que tenía la puerta, y disparó un tiro adentro. Yo apagué el farol y quedamos a abscuras.

—Si os entregáis ahora, no os haremos nada—volvió a decir el portugués.

—Estáis borrachos—replicó el piloto—; mañana hablaremos.

—¡Ea, muchachos!—gritó el portugués—. Echad la puerta abajo. Traed un martillo.