La serenidad le salvó al capitán y quizá también nuestros informes. El inglés, que es muy perro, no necesita muchos expedientes para ahorcar a un capitán sospechoso de piratería. No en balde han pirateado ellos durante cientos de años.
Tristán, el de la cicatriz, se manifestó rebelde y lo castigaron varias veces. Los demás, los marineros, fuimos tratados con poca severidad, obligados únicamente a hacer las faenas penosas.
Llegamos a Plymouth; estábamos ayudando a la maniobra del Argonauta, así se llamaba el navío inglés en que íbamos prisioneros, cuando pasó un barco francés a poca distancia. Al verlo me eché al agua sin que nadie lo notara y pude agarrarme al ancla.
Llegué a Dunkerque y me embarqué en una goleta de ciento cincuenta toneladas, para ir a Islandia a la pesca del bacalao. Estuve una temporada en las islas de Loffoden y vine por casualidad a Burdeos a componer las velas, y aquí me quedé; puse una cordelería, me casé y mi comercio fué prosperando.
De la suerte de los demás ya no supe nada. Yo había tomado el camino
derecho, y desde entonces me empezó a salir todo bien. Esta ha sido mi historia.
Dejó de hablar el viejo y se me quedó mirando con sus ojos grises.
—¿Quién cree usted que sería el verdadero Ugarte de los dos?—le pregunté yo—. ¿El de la cicatriz o el otro?
—El de la cicatriz, seguramente. El otro, sin duda, no quiso dar su nombre.