A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le pasó pronto el enfado.
—
¿Qué le pasa a Quenoveva?—le dije a Mary—. La encuentro más pálida y triste que antes.
—Es que está algo enamorada.
—¿De veras?
—Sí.
—¿Y de quién?
—De un chico marinero que tú no conocerás, que se llama Agapito. Y él no la hace mucho caso.
—¿No? ¡Qué majadero! ¿Qué más puede desear ese imbécil?
—Si no le parece bien ...