—Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo sabemos. Conque resolved de una vez: sí o no. O decid qué queréis más.
—El caso es—murmuró el viejo—que hay un trozo de tierra cerca del barranco que no pertenece a nuestro caserío, y mi mujer dice que debían dárnoslo a nosotros sin subir la renta… Yo no digo nada, pero mi mujer…
—Bueno, la tierra esa será para vosotros.
La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas:
—¡Que venga la Shele!
Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
—Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
—Bueno, señora—contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
—¿No dices nada?
—Nada, señora.