El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.
—Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?
—Me parece lo mejor.
—¿Al padre?
—Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las condiciones que ponen.
—Bueno, pues les llamaremos.
Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una idea bien miserable de la humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban los dos arrimados al fuego en la cocina.
—De manera—decía doña Celestina con voz imperiosa—que yo le doy a la Shele cuatro onzas y dos vacas.
—Y las azadas y el trillo—añadía Machín el viejo.
—Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?