—Pero, ¿a qué vamos por aquí? ¿No es mejor ir a la playa?—dije yo.

—Haremos una intentona—contestó él.

Llegados al puerto, se dirigió a un quechemarín que estaba atado a una argolla, y bajó a él.

No hay nadie. ¡Es magnífico! Hala, bajad.

—¿Aquí?—pregunté yo en el colmo del asombro.

—¿Por qué no? ¿Qué importa robar un bote o un barco de vela? Es lo mismo.

En el fondo tenía razón. Soltamos la amarra, y los tres, apoyándonos en la pared de un malecón, sacamos el queche fuera del puerto. Luego, levantamos las velas y nos echamos al mar. Había dentro del quechemarín agua y comestibles para unos días. Por la mañana, raspamos el nombre del barco, que se llamaba Betty, y le bautizamos con el de Rosa, de la matrícula de Bangor, el pueblo de Allen.

Navegamos todo el día y toda la noche y pudimos comer y descansar. La mañana del miércoles nos encontrábamos ya a bastante distancia del pontón para no temer que diesen con nosotros. Habíamos aprovechado el tiempo.

Si llegábamos a tener vientos favorables, podíamos arribar a Francia. Nos faltaba un plano; pero para salir del mar de Irlanda, a pesar de la niebla, el rumbo era bastante.