—Si quiere usted trabajar, ahí en el pueblo de al lado hay una finca donde necesitan gente.
He tomado la carretera y he ido a la finca; se me ha presentado un joven moreno, y, al ver que me aceptaba sin inconveniente, le dije que venían dos compañeros conmigo.
De pronto el joven moreno me dijo:
—Vosotros sois corsarios.
—No, no.
—Aunque os hayáis escapado de algún pontón, no me importa. Si trabajáis bien os pagaré como a los demás. ¿Los otros compañeros son también irlandeses?
—No, son españoles.
—Me es igual. Con tal de que no sean ingleses, los acepto.
—Me despedí de él—continuó diciendo Allen—y vine corriendo aquí.
Discutimos si aceptar o no la proposición y convinimos en que era lo más prudente. Después pensamos en lo que haríamos con el queche. Abandonarlo allí era dejar un indicio de dónde habíamos desembarcado.