—Espera que podamos vestirnos decentemente y reunir unos cuartos, y nos iremos-le decía yo.

Esperó, con grandes protestas. Con el primer dinero que tuve compré una chaqueta, un morral y unas botas grandes con polainas. Allen se vistió a la moda del país; Ugarte, cuando se vio con su traje nuevo, dijo que teníamos que marcharnos.

El quería que nos fuéramos los dos, dejando a Allen; en cambio, Allen había pensado en abandonar a Ugarte. Yo hubiese preferido ir con Allen y dejar a Ugarte; pero ya éste me daba lástima.

&mdaash;Creo que lo mejor-les dije a uno y a otro-es que cada cual tire por su lado, y luego nos reuniremos en Francia.

&mdaash;No, no; eso no.

&mdaash;Bueno, entonces vayamos los tres juntos y tengamos la misma suerte; pero hay que someterse a una dirección; si no, es imposible.

&mdaash;Tú mandas-me dijeron los dos-. Te obedeceremos.

&mdaash;¿De manera que me nombráis el jefe?

&mdaash;Sí.

&mdaash;Bueno. Pues desde ahora os advierto que me separaré del que no siga mis órdenes, sea en el camino, en el mar o en cualquier parte.