&mdaash;¿Qué son ustedes?

&mdaash;Marinos. Hemos naufragado en la costa hace ocho días y venimos andando.

&mdaash;Si son ustedes marinos, vayan ustedes a casa del capitán Sandow. Allí les aceptarán.

&mdaash;¿Quién es el capitán Sandow?-pregunté yo-. ¿Un militar?

&mdaash;No; es un antiguo capitán de barco. Un viejo loco que vive con su hija. Otras veces ha alojado en su casa náufragos.

Salimos de la posada en compañía de un chico, que nos fué acompañando.

La casa de Sandow era un viejo castillo guarnecido con una torre cuadrada de piedra gris, cubierta de hiedras. A su alrededor se levantaban varios edificios desiguales. Una porción de chimeneas, como tubos de órgano, le daban un aspecto fantástico, y otras en zig-zags parecían brazos en flexión. Una escalera exterior subía hasta el piso principal. Rodeaba a la casa un terreno pantanoso, antiguo jardín abandonado y salvaje, de un aire dramático y misterioso, sobre todo a la blanca claridad de la luna.

No había camino del castillo a la puerta de la tapia; la avenida principal estaba casi borrada por las hierbas y por los arbustos.

En dos ventanas del castillo brillaban luces; miradas melancólicas que parecían observar algo a través del follaje. El jardín tenía grandes olmos copudos, como haciendo centinela, y muchos rosales que aun conservaban marchitas rosas blancas.

Tiramos de una cadena que colgaba cerca de la puerta y sonó una campana a lo lejos.