—¡Gracias!—contestó el bajito, y añadió en inglés, dirigiéndose a su compañero—: Siéntese usted, Smiles.
Se sentron los dos.
—¿No es usted español?—le pregunté al moreno.
No, soy inglés. He nacido en Gibraltar. Soy un escorpión de roca, como nos
llaman en Inglaterra a los del Peñón. Me llamo Small, Ricardo Small. Mi padre era inglés, mi madre, gaditana; por eso hablo regularmente el español.
—Regularmente, no, muy bien; bastante mejor que yo.
—¡Muchas gracias! Le explicaré en las menos palabras posibles el asunto que nos trae aquí. Hasta hace unos meses vivía en Liverpool humildemente, estaba de empleado en un almacén e iba a casarme, cuando conocí a un viejo irlandés, hermano de la madre de mi novia. Este irlandés se llamaba Patricio Allen.
—¡Patricio Allen!—exclamé yo—. ¡El que ha vivido tanto tiempo aquí!
El mismo. Allen llegó a casa de su hermana y contó la historia del tesoro del capitán Zaldumbide; dijo cómo usted le había dado la indicación exacta del lugar, que estaba escrita en vasco en un devocionario. Desde aquel día, la casa de mi novia se transformó; mi novia, sus hermanos, la familia entera no veía más que millones por todas partes. Me encargaron de buscar un socio capitalista que pusiera los medios necesarios para ir adonde está el tesoro; y yo encontré al señor Smiles.
—¡Presente!—dijo el hombre alto y rojo, llevándose la mano a la cabeza y haciendo un saludo militar.