Por más arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote el barco construído por Caracas. Como decorativo, lo era; para aparecer colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien; pero no andaba en el agua.

Así son muchas de nuestras cosas.

Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a prestarnos una chanela de Zapiain, el relojero y corredor de comercio. Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el Cachalote.

Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento; pero luego le cogíamos la lancha sin decirle nada. Mientras veía que entrábamos en el bote, hacía como que no se fijaba; pero cuando pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se ponía a gritar con todas sus fuerzas:

¡Dejad esa lancha, granujas!

Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecido gritaba:

—¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.

Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía:

—Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!