Con las emociones y el cansancio se nos había abierto el apetito. Sacamos el pan y el queso y, sentados en la popa, los devoramos pronto.

Discutimos nuestro programa para la tarde; decidimos ir a explorar Frayburu.

Este peñón, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparece distinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequeña playa y unos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.

El tiempo mejoraba; la marea comenzaba a subir; las olas verdes y mansas iban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez más cerca de nosotros; el agua entraba por las aberturas de la proa del Stella Maris, se tendía por el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suave murmullo.

A veces, un golpe de mar violento hacía estremecerse a todo el barco, y, entonces, los hierros y argollas, la rueda del timón y la obra muerta, rechinaban como con una protesta de malhumor.

—¿Podremos salir de aquí sin tomar el canal por donde hemos entrado?—pregunté yo.

—Con la marea alta saldremos más fácilmente—dijo Recalde.

En esto oímos un crujido fuerte.

—¿Qué pasa?—nos preguntamos los tres.

No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurría.