Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea, servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua, dijo:
—Dadme la ropa.
Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.
—Aquí no podemos ir más que dos—añadió—. Esto no resiste más; uno que reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se abra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?
—Dilo tú—contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.
—Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?
—Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua—le dije yo.
—Sin achicador no podemos hacer nada—murmuró Recalde.
Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.
—Vamos, baja—me dijo Recalde.