Le di el pañuelo.
—A ver, la boina.
Le di la boina, y mientrastanto me puse a sacar agua, para no pensar en la situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.
—¿Sabes andar?—me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.
—
Muy poco—contesté yo, con un estoicismo siniestro.
Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera inundándose el bote.
Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.
—Habrá que ir directamente a la cueva—dije yo.
—¡A la cueva! ¿Para qué?—preguntó Recalde, sobresaltado.