El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y días de fiesta estaba invitado a comer allá. Si no iba, preguntarían por mí y me llevarían a la fuerza.

Me despedí de todos, y salí con don Ciriaco, entusiasmado. El viejo capitán me llevó a un colmado de la misma calle de la Aduana, llamó al dueño, un montañés amigo suyo, y le recomendó una comida escogida, una comida para gente que comprende lo trascendental de la misión de engullir. El dueño del colmado y don Ciriaco discutieron detalladamente los platos, las salsas y los vinos.

—Necesito una hora para preparar todo eso—dijo el montañés.

—Muy bien—contestó el capitán—. Le concedemos a usted la hora.

—Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.

—No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla de Sanlúcar y unas aceitunas.

Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don Ciriaco:

—Mira, pilotín; te he presentado a Hortensia y a don Matías, porque te pueden servir.

—¡Muchas gracias!—repuse yo.

—Espérate. Aquí tienes que quedarte durante un año; no conoces a nadie y es conveniente que, en caso de necesidad, puedas dirigirte a alguien; pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a qué atenerte.