Comentamos los hechos y después hicimos honor a la cena, que fué exquisita.
Don Ciriaco pensaba zarpar al día siguiente; yo quise acompañarle hasta el barco; pero él no lo permitió.
—Tú vete a estudiar a San Fernando—me dijo—. No pasará mucho tiempo en que seas tú el que te vayas y yo el que me quede. ¡Adiós, Shanti!
—Adiós.
Nos abrazamos, él se metió en el bote y desapareció.
III
DOLORES DE VANIDAD
El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doña Hortensia, por las calles de Cádiz. Iba con el corazón en un puño. Temía que me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hija Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.