A este oficial mutilado le faltaban una oreja y varios dedos de la mano, y no quería considerar sus mutilaciones como accidentes naturales de la guerra, sino como una ofensa inferida a su honor personal. Así, cualquier alusión a las orejas o a las manos le ponía fuera de sí y la consideraba como un insulto.
No pensaba quedarme mucho tiempo en la casa de huéspedes misérrima de madama Chevalier; pero estuve más de lo que esperaba. Yo vivía en Dijón muy apartado; iba al Jardín Botánico, paseaba por la Plaza Real, visitaba los monumentos, y a la hora de la retreta me marchaba a casa. Mi único consuelo era la música, la música religiosa, que oía en la iglesia siempre que podía, y la música profana, cuando encontraba sitio donde se tocaba algún instrumento, como el violín o el clavicordio.
Me hubiera gustado mucho comprar una clave y tocar en casa; pero no tenía dinero para estos lujos.
Un oficial español, jugador empedernido, un tal Mancha, a quien veía en el café, realizó en parte mis deseos. Este oficial, al oír que yo me lamentaba de no tener un instrumento de música, quiso venderme una guitarra; le dije que no; pero la ofreció a precio tan bajo, que al último tuve que comprársela. Me hice el cargo; tal era la miseria de los tiempos, que durante algunos meses, en vez de ir al café, me quedaría en casa tocando este instrumento.
La guitarra que me proporcionó Mancha era muy buena, antigua, de madera negra; tenía dentro la fecha de construcción; era de a mediados del siglo XVII. Quizá la había tocado en su vejez don Vicente Espinel, el autor de la Vida del escudero Marcos de Obregón, que, según dicen, fué el que añadió la quinta cuerda a la guitarra.
Llegué a ser un guitarrista bastante bueno, y el ejercicio para conseguir esto constituyó mi gran distracción.
A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama Chevalier, Jerónimo Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo; fuí, y me chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino de Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban; me pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.
Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me había citado Belmonte para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la cita. Llamé a su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su habitación. No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé a ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco Hans y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas rejas echando lazos hacia dentro.
Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte y los dos asistentes se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se explicaba el buen Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.
Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos días después me mudé de casa.