La nueva pensión adonde fuí era de un monsieur Bonvalet, pasante de un colegio; parecía más limpia que la otra; pero la alimentación era tan deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.

Mis únicas distracciones en Dijón eran escribir a Mercedes y a mi madre, ir al café a leer las noticias de España, jugar una partida al tresillo y después tocar la guitarra.

La mayoría de los oficiales españoles no se contentaban con estar un momento en el café y jugar una partida al tresillo, sino que iban a un rincón del billar, se ponían a jugar al monte con mugrientas barajas españolas y se jugaban todo lo que tenían: dinero, joyas, espadas, pistolas, trajes, ropa blanca, hasta los calcetines.

Uno de los más jugadores, y quizá el más apasionado, era Mancha, el que me vendió la guitarra.

Estuve en el depósito de Dijón una larga temporada. Intenté fugarme dos veces, pero ninguna de ellas lo pude conseguir; la primera, porque el guía que se había ofrecido a conducirme hasta la frontera de España, a la vuelta de un viaje concertado con otro prisionero, fué cogido y metido en la cárcel; la segunda, porque el dinero que esperaba de mi madre no llegó a tiempo, y tuve el pesar de ver partir al guía acompañando a varios compañeros.

Esta vez no fué grande mi mala suerte; los españoles y el guía fueron cogidos y conducidos a un castillo. Entre los fugitivos iba Belmonte, cansado de Dijón y de la casa de madama Chevalier, desde que se había encontrado con las rejas de la bodega próxima a su casa herméticamente cerradas.

Estaba preparando mi tercer proyecto de fuga con probabilidades de éxito, cuando me encontré sorprendido con la orden de ser trasladado al depósito de Chalon-sur-Saone.

La distancia de un pueblo a otro no es muy grande; pero para llegar a conocer los recursos y poder preparar una fuga desde Chalon necesitaba mucho tiempo.