—Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.

Aquello me indignó.

Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:

—¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros. No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro presentable.

Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:

—Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho, en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.

—Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír Inglaterra—dijo la muchacha.

—Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.

La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al lado a San Jorge, que la protegía.

El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso: