En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel. Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.
En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si encontrábamos posada.
Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato, en una posada de los alrededores.
Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y, efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.
La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda, gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras Aviraneta y yo charlábamos.
Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían sobre mi cama.
—¡Eugenio!—dije.
—¿Qué?
—¿Has oído?