—No; ¿qué pasa?
—Que cae algo de arriba.
—No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!
—¡Eh!, ¿qué es eso?—exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.
Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí. Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.