VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»

A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el chino de La Haya, Ganisch y yo.

Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el Fénix iba a salir.

Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.

Llegamos al Fénix, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta Sofía, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que nos devolviera el dinero, que iríamos en la Sofía; pero el comisario contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.

Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y fuimos a la Sofía. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos ingleses, y otros pasajeros.

No había sitio para tanta gente.

Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un cuartillo de ron y galleta.

Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un pudding muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.

A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio, el otro transporte, el Fénix, donde habíamos estado el día anterior, pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.