El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:
—Buda puele más que Clisto.
No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.
El capitán de la Sofía, al ver nuestra desesperación, dijo que a la mañana siguiente saldríamos.
Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables; pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la Sofía estaba encallada en arena y que había que esperar a que la marea subiera más.
Al día siguiente ocurrió lo mismo; la Sofía no quiso salir. Tres días pasamos así, sometidos al capricho de la Sofía y al pudding con engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.
Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre, cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le devolvió el dinero.
Por la tarde llegó un transporte inglés, el Vulcano.
Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.
El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo tanto embarcábamos para Londres.