—¡No se pueden ustedes quejar!—nos dijo el comisario inglés.
Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al comisario inglés y cayó con él al agua.
El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el equipaje del barco.
IX
JURA DE LA CONSTITUCION
Se puso el Vulcano en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos, pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.
Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la península meses después.
Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué feliz y el tiempo bueno.
Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a las tres y media.