El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió con aclamaciones y aplausos.
Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.
Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que venían repatriados.
En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy. Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.
En el centro del patio se había levantado una pila con tambores, poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la bandera del regimiento.
Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada batallón.
El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la mano en el libro santo.
Preguntaba el general:
—¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y defender al rey?