González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar la guerra a todo trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y trabajó para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París, marqués de Miraflores.
Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones de parisiense más que de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy rara, porque había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.
Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se conservaba derecho y fuerte.
Como la mayoría de los hombres de esta época, había tenido una vida doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física experimental en la Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y abogado.
Por esta época publicó, en colaboración, el Diccionario histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas.
Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al tomar posesión de la corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de Estado.
En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que habían aceptado el Gobierno del intruso.
Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando el Gobierno anuló el decreto de la Junta Central de Cádiz, en que declaraba a los ministros y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey, volvió a España con otros josefinos.
Era González Arnao hombre sinceramente liberal; amaba la libertad como algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran cosa la cuestión de personas.
Al entrar en España vió que no se podía vivir en Madrid; que entre comuneros y masones estaban acabando con el régimen constitucional; quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos bandos, se volvió a París.