En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda época constitucional y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco después de su matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado de los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.
Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las calles más animadas de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un constante subir y bajar de personas que iban a consultarle.
Entre los políticos y escritores franceses contaba Arnao con amigos ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a Destutt Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.
González Arnao podía alternar con ellos; era un hombre muy culto; sabía el latín y el griego admirablemente y conocía a la perfección los idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.
A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su bufete a su secretario y socio, un catalán llamado Pagés.
En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y estuvo en Bayona y en París por asuntos relacionados con la guerra carlista. Mientras él acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle del Faubourg Montmartre, su antiguo secretario corría medio París en su cabriolé.
Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de Aviraneta y a darle datos de las conjuras que se fraguaban en Bayona para reanudar la guerra después del Convenio de Vergara, me recibió muy afectuosamente.
Después de una larga conferencia me dijo:
—¿Quiere usted comer esta noche conmigo?
—Con mucho gusto.