—Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted dónde está?
—No.
—Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su casa. ¿Dónde vive usted?
—Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa Ana, 75.
—¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los españoles durante mucho tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al anochecer.
—Muy bien. Le esperaré.
Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del anochecer se presentó el señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba a la puerta, y nos encaminamos al Rocher de Cancale.
Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron los tres comensales que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco: Arnao, Pagés, un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en París, expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.
El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de ser exageradamente atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio, sino una persona respetable.
Tendría el barón más de setenta años; era sonrosado, de ojos azules, de cabellos blancos, que parecían vellones de lana. Iba rasurado, vestía de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.