—¡Qué raro!
—Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el Gobierno de José Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados de un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un pasaporte. Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran guerrilleros—. Y ¿hacen ustedes mucho comercio?—les pregunté—. Sí; no estamos descontentos—contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un relámpago de ironía brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil de aguilucho no se me borró de la imaginación. Cuatro años después le volví a ver en París... ¡Aviraneta! ¡Qué tipo! Ha debido tener una vida curiosa ese hombre. ¿Estará ya viejo?—preguntó el barón.
—No mucho—dije yo.
Habíamos concluído de comer y de tomar café y, retirándonos de la mesa, nos preparábamos a encender unos habanos.
—Don Joaquín—dijo Arnao, dirigiéndose al barón.
—¿Qué quiere usted, querido?
—Creo que le conozco a usted bastante bien.
—Es posible; no digo que no.
—He notado que el nombre de Aviraneta le ha sugerido intensos recuerdos...
—Sí; es cierto.