—¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias conoció usted a Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?

—¿Qué supone usted?

—Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos cuando se encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.

—¿Y quiere usted que la cuente?

—Creo que nos haría usted pasar un buen rato contando lo que fué.

—Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al teatro... a ver Lázaro el pastor, la última obra de Bouchardy, el éxito del día.

—Yo, por mi parte—dije—, prefiero oírle a usted que ir a cualquier teatro de París.

—Muchas gracias.

El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con un agente, y se fué; el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos nuestras butacas a la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la ceniza de su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato: