En Madrid se volvió a la estolidez y a la ñoñería habituales. No se publicaban mas que folletitos contra los liberales y masones; se adulaba al rey de la manera más vil, y por toda literatura se daban a la estampa historias de bandidos, de ahorcados y de almas en pena; los cuarenta y ocho motivos que tiene el hombre para no casarse, y otras obras igualmente importantes.
La salida de Napoleón de la isla de Elba produjo en todas las testas coronadas de Europa un enorme pánico. Fernando y sus ministros amainaron en la persecución contra los liberales.
Se dijo que Napoleón iba a dejar a Francia con un gobierno democrático; que abdicaría de ser emperador para llamarse generalísimo de la República, y se añadió que iban a traer de nuevo a España a Carlos IV.
Lo único que resultó algo cierto fué que el elemento republicano se agitó en Francia y que los reyes de la vieja Europa temblaron a la idea de que Napoleón se consolidara en el trono.
Pasaron los Cien Días; vino Waterloo y volvieron Fernando y los suyos a su persecución contra los liberales.
La primera conspiración de que se ocupó el Gobierno español después de los Cien Días fué una supuesta tramada en el café de Levante, de Madrid.
Como yo tenía gran curiosidad y gran deseo de que pasara algo en España, me enteré de lo que era.
No había tal conspiración. Lo ocurrido fué que en ese café, por aquella época, se habían reunido unos cuantos señores de ideas liberales y habían hablado de la posibilidad de que Napoleón volviera a dominar en Francia y de que Fernando tuviera que huír.
A los serviles ministros del tirano esto les escandalizó tanto, que tuvieron que condenar a presidio a varios de aquellos señores por haber puesto en ridículo, como decía la Gaceta al hablar de este asunto, las constantes virtudes del mejor de los reyes.
De los conspiradores del café de Levante, tres o cuatro eran abogados; uno, un teniente, don Ramón de Latas, y otro, un músico de la Real Capilla, llamado Balado, que dijo no conocía los designios de sus amigos. Naturalmente, no tenían ninguno; pero fueron todos condenados a varios años de prisión, como verdaderos conspiradores.