Había estado en la batalla de Waterloo en compañía del general don Miguel Ricardo de Alava, y luego, entre los dos, presentaron un servicio importante a nuestro país.
Durante la guerra de la Independencia los franceses habían desvalijado a España, trayendo a París una porción de cuadros y de joyas.
Miniussir y el general Alava discutieron la manera de recobrar las riquezas robadas, y decidieron que Miniussir, al frente de doscientos hombres de infantería inglesa, entrara en los museos y recuperara lo que pudiera.
Así se hizo: Miniussir cargó con cuadros y con todo lo que vió de procedencia española; pasó la frontera belga, arrollando a los aduaneros; llegó a Amberes, embarcó sus riquezas y las transportó a Cádiz.
Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los teatros, a las fiestas, al salón de Teresa Cabarrús...
Iba acabándose mi tiempo de estancia en París, dentro de lo vulgar y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una intriga amorosa y en una intriga política.
Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona para entregarlo en París a un señor don José González, presbítero, que habitaba en el hotel de la Cometa, calle de la Cometa, en el Gros Caillou.
Como ya me faltaba pocos días de estancia cogí el encargo y fuí a ver al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me indicaron y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero, no; allí vivía don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era su sobrina.
Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta en casa del banquero Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con la muchacha, y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos todos los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era regañón y suspicaz.